El estilo de Raymond aún resulta muy sencillo en esta entrega: divide la página en muchas viñetas, emplea planos generales y resuelve con un trazo claro y bastante sencillo.

Naves espaciales, rayos mortales, un tirano megalómano, paisajes exóticos, un amor a primera vista y toneladas de acción. En esos seis pilares se apoyaban las aventuras originales de Flash Gordon, que prescindían de todo lo demás como si de un pesado lastre se tratara: el desarrollo de los personajes, la coherencia de los escenarios e incluso la continuidad eran detalles menores que, por la forma en que fueron ignorados, parece que hicieran otra cosa que entorpecer el desarrollo de la historia.

Es verdad que las tiras de prensa siempre han necesitado aprovechar al máximo el poco espacio del que disponen, pero las aventuras de Flash Gordon llevaron esa idea al límite, hasta el punto de que pareciera que el magistral Alex Raymond (y la legión de escritores anónimos que realizaban los guiones) se hallase inmerso en una alocada huida hacia delante en la que nadie tenía muy claro qué iba a pasar.

Y a pesar de todo (o quizá justamente por ello) es un cómic que aún hoy sigue maravillando por su magnífico ritmo, por la facilidad por la que nos dejamos engañar por el universo de opereta que nos muestran las viñetas, pero sobre todo por la maravillosa evolución que presentan los lápices de Raymond, que comienza con un trazo muy simple que debe mucho a Harold Foster, pero que acaba evolucionando hasta encontrar su propio y genial estilo.

Aquí encontramos a un Raymond que empieza a desarrollarse: siguen predominando los planos generales, pero reduce el número de viñetas para poder crear escenas más atractivas. Aunque prescinde de los fondos, su dibujo se vuelve más detallado y complejo, como muestra el combate de la última viñeta.

Pero antes de hablar de todos estos aspectos, comencemos con la pregunta lógica: ¿Cómo se llegó a la creación de Flash Gordon? Curiosamente, como suele ocurrir con frecuencia en el mundo de las viñetas, el personaje fue la suma un cúmulo de circunstancias y casualidades. La primera piedra la lanzó la agencia King Features, que había visto el éxito que su rival National Newspaper Service había conseguido en 1929 con la creación de la tira de prensa de Buck Rogers. Y dispuesta a seguir la estela de su rival, la agencia negoció los derechos de un héroe de ciencia ficción, John Carter de Marte, pero tras varios tiras y afloja, las conversaciones llegaron a punto muerto. Y entonces a alguien se le debió de ocurrir que, total, para qué pagar por unos derechos cuando lo mismo se podía plagiar alguna otra cosa con cierto disimulo.

El encargado de “crear” la historia no fue otro que Alex Raymond, un joven con talento que estaba despuntando en la agencia, y que no dudó en coger junto al guionista Don Moore el concepto de la novela When Worlds Collide, que trataba justamente de un planeta que se acercaba peligrosamente a la Tierra y amenazaba con la destrucción de nuestro mundo; no es casualidad, por lo tanto, que las aventuras de Flash comiencen justamente con Mongo aproximándose a la Tierra. Sin embargo, ya fuera porque la historia era demasiado lenta, ya fuese porque se parecía demasiado a la novela original, en la agencia le pidieron a Raymond que metiera más acción y desarrollase la historieta más rápido. ¡Y vaya si lo hizo!

La evolución de su estilo va creando unos escenarios cada vez más barrocos, donde el número de viñetas continúa reduciéndose a cambio de ofrecer escenas más impactantes. El plano general se combina con el plano medio, mientras que el dibujo, más oscuro, ofrece un gran detallismo.

Flash Gordon no da respiro alguno al lector: en la primera página ya ha llegado a Mongo, pocas entregas después ya se ha enemistado con el despiadado Ming, y no mucho más tarde el elenco de secundarios se enriquece con todo tipo de personajes, desde la peligrosa princesa Aura al noble pero celoso Barin, sin olvidar al bárbaro pero bonachón Vultan. Siempre hay un nuevo monstruo para combatir o un reino desconocido para explorar, y cuando creemos que la historia va a calmarse, no tarda en ocurrir algo que pone al pobre Flash en una situación más difícil todavía.

Pero, como ya comentaba antes, leer a Raymond es una gozada no solamente por lo bien que sabe marcar el ritmo, sino por su talento con el lápiz, creando mundos cada vez más inquietantes y sorprendentes. Es posible que, a simple vista, sus escenarios y personajes nos parezcan manidos, pero eso se debe a que docenas de autores copiaron las poses de sus personajes, sus vestidos, la forma de sus naves y la composición de sus viñetas, hasta el punto de que su trabajo nos resulta familiar incluso sin haberlo visto anteriormente.

El estilo de Raymond parece mejorar semana tras semana, como si poco a poco comprendiera que no está contando una historia, sino narrándola, por lo que empieza a preocuparse menos por lo que cuenta y se obsesiona con contarlo bien. De este modo, el dibujo va ganando en detalle, las viñetas juegan con diferentes planos igual que si de una película se tratara, los escenarios empiezan a transmitirnos emociones y los personajes empiezan a hablarnos con su poses y gestos.

Finalmente, Raymond parece llegar a un equilibrio, creando viñetas menos recargadas pero más elegantes. Los rostros y las expresiones ganan fuerza, combinando diferentes planos para mezclar tanto la acción como las emociones de los personajes.

Flash Gordon es uno de esos clásicos que nunca envejecen. Por supuesto, al abrir uno de sus cómics por primera vez nos pueden chocar muchas cosas, y al cerrarlo es indudable que nos daremos cuenta de que la historia tenía muchas inconsistencias. Pero mientras estemos observando sus páginas, estaremos atrapados por el dibujo y el ritmo de Raymond, aceptaremos todo sin rechistar y disfrutaremos con cada combate, por imposible que parezca. Durante un buen rato, leeremos aquellas historietas con la misma pasión que las leyó su público original ocho décadas atrás. ¿Acaso puede haber magia mayor que esa al abrir un cómic?

LECTURAS CLAVE (EN ESPAÑOL)

  • Flash Gordon & Jim de la Jungla (Colección Sin Fronteras, Dolmen)

Publicado originalmente en la revista DOLMEN nº 292