La trama de Watchmen se sustenta sobre sus personajes. La construcción de los mismos, sus orígenes y la forma en que se relacionan entre sí resultan clave para entender cómo evoluciona la trama.

Imagino que a estas alturas todos los que estamos aquí conocemos esa obra maestra de Alan Moore y Dave Gibbons que es Watchmen. No hace falta decir que el cómic está magníficamente diseñado hasta el menor detalle, hasta el punto de que una de las cosas que más me fascinan del mismo es que con cada relectura voy descubriendo nuevos detalles que, aunque siempre estuvieron ahí, se me habían pasado de largo.

Al principio pensaba que dichos detalles se me habían escapado debido a lo despistado que soy, pero al hablar con otros lectores me di cuenta que a todos nos pasaba algo similar, y que cada vez que volvíamos a sumergirnos en las páginas de la historia, comprendíamos mejor la trama y a sus protagonistas. Tras pensar sobre ello, te das cuenta de que no es casualidad: Moore diseñó la historia jugando al despiste, justamente con la intención de permitirnos descubrir nuevos detalles con cada relectura.

¿Pero cómo pudo Moore engañarnos de aquella manera y hacernos obviar cosas que siempre estuvieron allí? Igual que cualquier buen mago: desviando nuestra atención hacia el punto que él quiere, impidiéndonos de ese modo ver lo que realmente está pasando. Y ese punto de distracción, en Watchmen, se llama Rorschach.

Rorschach es el personaje favorito de muchos lectores. Su obsesión con el crimen y su manera de actuar nos recuerda a personajes como Batman o Daredevil, y el misterioso que lo envuelve ayuda a darle una aureola de heroísmo que, eso sí, irá disipándose a lo largo de la historia.

Cuando la historia se inicia, Rorschach se nos presenta como el héroe. Es, a fin de cuentas, el único que comparte con nosotros la opinión de que la muerte de El Comediante no ha sido un simple robo. Su figura posee cierta aureola heroica: es incansable, resulta misterioso y está tan convencido de su misión que ha continuado llevando una máscara pese a que va contra la ley. Se nos escapa en ese momento que el personaje es lo que hoy llamaríamos un conspiranoico y que su teoría del asesino de vigilantes es totalmente errónea, construida sobre casualidades y, más adelante, alimentada por el auténtico asesino para despistarle (y despistarnos). De hecho, visto con perspectiva, tras la máscara Rorschach resulta una figura bastante triste, un hombre con claros problemas mentales y, por las lecturas que tiene y los comentarios que realiza, parece un claro simpatizante de la Alt Right, la derecha alternativa que tan bien juega con las noticias falsas para extender su mensaje.

Pero cuidado, porque Moore despista pero no miente, ya que nos va mostrando todas esas facetas de Rorschach, solo que el personaje aún nos atrae porque está endiabladamente bien construido. De este modo, cuando descubrimos más de su vida, no lo despreciamos ni lo dejamos de considerar una figura heroica, sino que lo compadecemos por aquella infancia traumática que tuvo, e incluso podemos comprender su primer asesinato cuando comprendemos qué pasó con aquella niña secuestrada a la que buscaba. Su estancia en prisión, cuando es capaz de ponerlo todo patas arriba con una frialdad pasmosa, nos hace admirarlo a pesar de todos sus defectos.

En muchos sentidos, Ozymandias es el opuesto de Rorschach: su aspecto, sus recursos, su manera de actuar… Sin embargo, ambos personajes guardan ciertas similitudes que los convierten en caras opuestas de una misma moneda.

Y así sucede que, de tanto sorprendernos con la figura de este personaje, los otros vigilantes van desfilando ante nuestros ojos sin que les prestemos toda nuestra atención. En muchos casos, tras la primera lectura, contemplamos a los demás personajes de Watchmen desde una perspectiva muy cercana a la que Rorschach tenía de ellos. El ejemplo más evidente va a ser el de Ozymandias.

La primera vez que nos encontramos con Ozymandias estamos influidos por los prejuicios de Rorschach, que ha malinterpretado completamente a su antiguo compañero: confunde el que haya colgado la máscara con el desinterés por los problemas del mundo y cree que por llevar un traje de chaqueta se ha vuelto blando; solo hacia el final de la historia seremos conscientes de que nos hemos equivocado diametralmente. A lo largo del cómic ya se habían dado varias pistas sobre la misión de Ozymandias, pero no les habíamos prestado la suficiente atención, obsesionados como estábamos en la teoría del asesino de enmascarados.

Lo magnífico de Watchmen es que tanto Rorschach como Ozymandias, pese a ser opuestos, resultan muy similares en lo esencial. A fin de cuentas, ambos están embarcados en una cruzada y se consideran los únicos capaces de cumplir con su misión, pero mientras uno combate al nivel de la calle, el otro lo hace a un nivel mucho más alto, influyendo en gobiernos enteros; de igual modo, ambos han sido consumidos por su misión, hasta el punto de mancharse las manos de sangre por sus ideales, solo que Ozymandias tiene los recursos para verter mucha más sangre. En cierto modo, ambos quieren lo mismo: salvar al mundo. Pero mientras que Rorschach quiere lograrlo poniendo una tirita (frenando a rateros de medio pelo), Ozymandias es el cirujano del hierro que está dispuesto a amputar la extremidad enferma (manipular a todo el planeta).

La muerte de Rorschach, inútil en la práctica, está cargada de simbología. Es una redención del propio personaje, que acepta su destino sin la máscara que hasta hacía poco consideraba su auténtico rostro.

Al final, por más que sintamos aversión hacia ambos personajes, no podemos dejar de sentir también cierta admiración. Ozymandias nos desagrada porque es un magnicida, pero ha logrado poner fin a una Guerra Fría que amenazaba con terminar en una guerra nuclear de la que es posible que la humanidad no hubiese salido viva. Rorschach estaba equivocado y es posible que no sea más que un psicópata, pero es lo suficientemente consecuente para morir antes que aceptar el sacrificio de varios millones de personas en nombre de la paz.

Moore se nos muestra, en definitiva, como un guionista magistral. Nos despista y nos camufla a los personajes de lo que no son, pero también nos ofrece las herramientas para entenderlos a través de una relectura, y pese a todo hace que no nos resulten desagradables. Todos y cada uno de los personajes, pese a sus numerosos defectos, tienen algo que nos emociona, que nos hace sentirnos más cercano a ellos. Es por ello que Watchmen no es un mero cómic de superhéroes, tampoco una simple crítica al género de los enmascarados, sino algo mucho más complejo, emocionante y entretenido. Algo sobre lo que aún seguimos pensando y escribiendo treinta años después.

LECTURAS CLAVE (EN ESPAÑOL)

  • Watchmen: Edición 30 aniversario (ECC)

Publicado originalmente en la revista DOLMEN nº 290