Quizá sea porque soy profesor de Historia, o quizá sea por pura nostalgia, pero el hecho es que me encantan los videojuegos clásicos de los años ochenta y noventa (y en ocasiones, también de los setenta).

Cierto es que este tipo de juegos no ofrece una experiencia tan envolvente como los últimos Call of Duty o Assassin’s Creed, pero en contraposición tampoco exigen tanto tiempo ni dedicación, permitiendo partidas breves, ideales para desconectar un rato cuando vas en el autobús o tienes una hora libre entre clase y clase.

Al principio pensé que, para jugar, lo mejor era comprarme una consola portátil que ya tuviera algunos años, como la Game Boy Advance. Sin embargo, tras sopesar varias opciones, elegí la que resultaba más práctica, que también resultó ser la más barata: instalar un emulador en mi teléfono móvil.

Hay toneladas de emuladores, pero yo me he acostumbrado a usar NES Nostalgia (para los juegos de 8 bits de Nintendo), Pizza Boy (para los cartuchos de Game Boy) y John GBA (para la Game Boy Advance). De hecho, esta última es muy práctica y tiene una versión gratuita (con publicidad) y otra que tan solo cuesta dos euros, y que resulta comodísima. Es cuestión de probar unos y otros hasta descubrir los que te resultan más cómodos.

No obstante, algunos juegos resultaban un poco complejos de jugar desde la pantalla, sobre todo aquellos que requieren gran precisión. Es por esa razón que compré un mando mini de la empresa 8Bitdo, que por algo menos de diez euros te permite conectarte por bluetooth al móvil y jugar cómodamente. El tamaño es ideal para llevarlo en cualquier bolsillo, y la batería dura bastante.

Desde luego, quien no juega es porque no quiere.