Cuando empecé a dar clases en septiembre, pensé que lo mejor sería crear presentaciones en power point para cada clase. Parecía buena idea, pero resulta que tengo cuatro niveles (2º y 3º de ESO, 1º y 2º de Bachillerato), o que quiere decir que debo crear unas diecisiete presentaciones semanalmente. Una locura que casi me lleva a la tumba, pues además tengo que seleccionar textos para trabajar en clase, hacer los apuntes para 1º de Bachillerato, corregir trabajos semanales y seleccionar vídeos cortos para poner en el aula. La verdad es que uno echa de menos aquellos tiempos en los que solo tenía tres horas de clase a la semana, por lo que podía preparar toneladas de material.

Ahora bien, hace poco he descubierto que las cosas más sencillas y tontorronas pueden resultar mucho más interesantes que un power point. Y es que, como soy alérgico al polvo, he tenido que comprarme unos retuladores de tiza líquida para escribir en la pizarra, que luego hay que borrar con toallitas húmedas.

A mis alumnos de 2º de la ESO el power point les parecía bien, pero tampoco es que les matasen. Pero los rotuladores de tiza líquida con sus colores brillantes, ¡oh, amigo!, eso sí que es una maravilla. A quien termina la tarea pronto le dejo escribir las preguntas en la pizarra, y quienes se porten bien pueden coger una toallita húmeda y limpiar la pizarra al final de la clase.

En ocasiones, las cosas más sencillas pueden ser tan interesantes (o más) que aquellas otras a las que hemos dedicado horas y más horas de trabajo.

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