¡Qué raro se me hace volver al instituto!

Yo terminé mis estudios secundarios en 1998. Pero cuando en 2006 empecé mis prácticas de profesor, descubrí con asombro que en menos de una década todo había cambiado; habían cambiado los temarios, la forma de dar las clases, la tecnología que se empleaba en el aula, la ropa de los estudiantes y la propia forma de ser de estos. Y ahora que vuelvo a las aulas, sigue sorprendiéndome la transformación que se ha producido en estos diez años.

No obstante, hay cosas que no han cambiado en absoluto, y que de repente me hacen recordar a ese yo que fui hace dos décadas.

El sonido de la sirena en los cambios de clase,

el olor de los bocadillos de tortilla emanando de la cocina,

el júbilo al salir al patio,

el olor de un aula a última hora,

la anticipación de una sirena que los viernes a última hora parece no querer sonar.

Me dirijo a la guardia de patio, y moviéndome entre los estudiantes no puedo evitar recordar aquella misma alegría que yo sentía veinte años atrás, cuando también me sumergía entre la marea de adolescentes con el deseo de llegar pronto al patio y charlar con los amigos, estirar las piernas y empezar a hacer planes de cara al fin de semana, aunque tan solo fuera lunes.

Se hace raro ver que todo parece haber cambiado pero que, al mismo tiempo, todo parece ser igual.

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