Me encantan los videojuegos, pero generalmente no tengo tiempo para jugarlos, y cuando finalmente encuentro un hueco, rara vez juego a novedades, pues no estoy muy al tanto de qué sale al mercado. No puede extrañar, por lo tanto, que el último juego al que he logrado prestar atención sea New Super Mario Bros., un juego del año 2006.

Justamente hace unos días le explicaba a un amigo que lo bueno de este juego es que sus fases cortas y la posibilidad de salvar la partida fácilmente lo convierten en un pasatiempo ideal para mí, ya que puedo jugarlo en un hueco que tenga, sin peligro de que me pierda a mitad de una complejísima trama. Y mi amigo me dio la razón, aunque acto seguido me preguntó si no sentía que aquella “nueva” versión de Super Mario se quedaba un poco corta en comparación con Super Mario World, el clásico juego con el que tanto él como yo nos enamoramos para siempre de este intrépido fontanero italiano reconvertido en salvador de princesas. Y oye, sí que tenía razón; Super Mario World era aún mejor.

Como una vez que se abre la puerta de la nostalgia resulta muy difícil cerrarla, ahí que seguimos lanzando loas a Zelda: A Link to the Past, Sonic, el primer Star Wing, The Secret of Mana, Alone in the Dark o El día del tentáculo, por citar solo algunos juegos que nos resultaban más atractivos que otros actuales. Si nos hubiesen prestado una máquina del tiempo, estoy seguro de que nos habríamos exiliado en algún punto entre finales de los ochenta y principios de los noventa.

Sin embargo, ahora con la cabeza más fría, me doy cuenta de cuán subjetivos son nuestros gustos y de cómo nuestra percepción puede variar dependiendo no de hechos, sino de recuerdos.

No es casualidad, para empezar, que los juegos que nos parecían tan buenos aparecieran entre 1990 y 1993, es decir, que fueron todos ellos juegos de nuestra infancia y primera adolescencia, por lo que tenemos un vínculo emocional bastante fuerte hacia ellos, pero no ya por su calidad (que sin duda fue grande), sino por lo que representan. Además, seamos sinceros, no es que a esa edad nosotros tuviéramos un criterio muy desarrollado, antes al contrario, eran algunos de los primeros juegos que disfrutábamos, por lo que es normal que dejaran una marca indeleble en nosotros. Finalmente, para qué negarlo, es cierto que fueron grandes juegos, en ocasiones hasta el punto de emplear tecnología o mecánicas de juego totalmente revolucionarias, por lo que hay que añadir que hubo un elemento de novedad enorme, algo que hoy día ya no es tan sencillo de lograr.

Decía el guionista Roy Thomas en una ocasión que la Edad Dorada del cómic no era un momento de la historia, sino un momento de la vida: ese que va de los 7 a los 11 años, cuando todo lo que lees resulta nuevo y rompedor. Y creo que al final sucede algo muy similar con los videojuegos: nunca podrá haber juegos “como los de antes” porque nosotros ya no somos aquellos niños impresionables y con escasos referentes que se pasaban un verano entero enfrentándose a las complejas fases de algún juego.

¡Ay, la nostalgia!

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