Ayer Reino Unido tomó una decisión histórica, convirtiéndose en el primer país en abandonar la Comunidad Europea desde que los primeros pasos para la unión económica y política del continente se diesen en 1952. Y temo que es una mala noticia para todos.

En primer lugar, es una mala noticia para los propios británicos. El sueño de mirar al pasado con nostalgia y considerarse autosuficiente es, sin duda, tentador y ha sido muy bien utilizado por los partidarios del Brexit, pero no es realista. El aislacionismo británico tuvo sin duda muchas ventajas para el país en siglos pasados, pero la situación es hoy totalmente distinta: vivimos en un mundo globalizado en el que es imposible “desconectarse”, e incluso en el caso de que fuese posible, Reino Unido ya no posee un ingente imperio que le permita ser un jugador independiente. De hecho, la idea de los partidarios del Brexit de que podrán compensar la salida del mercado común europeo concentrándose en la Commonwealth me parece más un deseo que una realidad. Cuando Reino Unido entró en la Comunidad Económica Europea en 1973, los países de la Commonwealth no se quedaron conteniendo el aliento con la esperanza de que la antigua metropoli les volviera a prestar toda su atención algún día (de hecho, una de las razones de Reino Unido para entrar en el mercado común fue que la Commonwealth no resultaba un mercado tan atractivo como habían sido las posesiones coloniales); en este casi medio siglo han desarrollado otras relaciones económicas con países de su ámbito geográfico como pueden ser Estados Unidos, China o Japón, y si bien es cierto que han mantenido lazos económicos con Reino Unido, estos no van a aumentar simplemente porque a este le venga bien.

Incluso si Reino Unido aún fuera un imperio que dispusiera de extensos territorios para colocar su producción industrial, la posibilidad de capear temporales por sí misma que tiene un estado-nación es siempre limitada, como muestra el caso de la Gran Depresión de 1929, que golpeó a las islas británicas pese a todo, ya que en un mundo globalizado las interdependencias son enormes, incluso cuando estas no tienen la forma de acuerdos supranacionales.

Pero más allá de que el Brexit sea a la larga una mala noticia para los británicos, creo que también es una pésima noticia para el proyecto europeo. Imperfecta como es, la comunidad de países europeos ha conseguido en sesenta y cinco años el mayor periodo de cooperación y unidad en el continente, ha mejorado los estándares de vida de millones de personas y ha logrado hacer más tenues las fronteras nacionales. Sus errores de gestión, sobre todo su incapacidad de dar respuestas rápidas a las crisis internacionales (la de los refugiados es el ejemplo más claro, aunque no la única, pues antes en los noventa ya se vivió la crisis yugoslava) y su obsesión con la estabilidad presupuestaria, han provocado que las filas del euroescepticismo crezcan, sobre todo azuzadas por fuerzas de extrema derecha cuyo discurso ultranacionalista, su xenofobia y su deseo de que nada ni nadie les limite, llegado el caso, el ejercicio del poder (y ahí la Unión Europea es su peor enemigo, pues la legislación de esta no puede controlarse ni dictarse desde un solo país).

La extrema derecha comienza a llamar en estos tiempos de crisis a las puertas de los parlamentos europeos. La tenemos gobernando en Polonia, quedó segunda por un margen muy ajustado en las elecciones presidenciales austríacas y ya es la segunda fuerza política en intención de voto en Francia. Y el referéndum británico no hace más que darles un ejemplo a seguir, un camino para romper los lazos de la cooperación y devolver a Europa a la época en la que cada estado se las apañaba como podía, donde el pez grande se comía sin dudarlo al chico, dando como resultado incontables conclictos durante los siglos XIX y XX, entre ellos dos guerras mundiales.

No nos engañemos: el proyecto europeo está en peligro. Quizá no fuera la mejor organización posible, pero sin duda era la mejor que habíamos tenido, la que había garantizado un espacio de diálogo y permitía un comercio más equitativo entre sus miembros, la que había conseguido que los derechos de la ciudadanía fueran comunes en todos y cada uno de los países; y lo había conseguido mediante la diplomacia, haciendo que la pertenencia resultara atractiva. Pero este peligro está representado mayormente por fuerzas que usan un lenguaje demagógico, que ofrecen soluciones fáciles de dudosa eficacia y cuyos objetivos finales me parecen muy poco democráticos. No me parece descabellado, por lo tanto, que en los próximos años nos enfrentemos a más referéndums y salidas si las instituciones europeas no reaccionan.

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