El género de terror es uno de mis favoritos, y las historias de vampiros tienen sobre mí un interés particular desde que era pequeño. Quizá sea porque las primeras películas de terror que vi fueron las de Drácula de Bela Lugosi y Christopher Lee, y ya se sabe que las cosas que vemos durante nuestra infancia nos marcan profundamente.

Como yo nunca me he tomado mis aficiones demasiado en serio, sino simplemente como algo para relajarme, no siento la indignación de otras personas al ver que mis queridos vampiros se convierten en protagonistas de comedias, parodias o historias románticas. Yo he disfrutado lo mismo con Drácula de Bram Stocker (1992) que con El baile de los vampiros (1967) o Entrevista con el vampiro (1994), pues cada una de estas películas ofrecen una visión interesante de estos monstruos, igual que disfruté enormemente de novelas como El sueño del Fevre (1982) o Soy leyenda (1954). Y si no me gusta Crepúsculo (2005) no es porque tenga una visión más romántica de los vampiros, sino porque me parece mal escrita y peor desarrollada.

Es por todo esto que no puedo más que deshacerme en alabanzas para la película neozelandesa Lo que hacemos en las sombras (2014), una comedia en forma de falso documental que nos cuenta la vida de cuatro particulares compañeros de piso: un vampiro milenario que es un claro referente de la criatura de Nosferatu (1922), un aristócrata que es calcadito al Drácula de Stocker, un vampiro joven y rebelde, y un elegante aunque desfasado muerto viviente que es quien nos presenta el mundo vampírico.

No es solo que la historia sea cómica, es que además se nota que el director ama el género, llenándolo todo de pequeños guiños y referencias que hacen que el fan de los vampiros disfrute enormemente. El humor es consecuente y se construye alrededor del mito de los no muertos, que tienen que lidiar con un vampiro joven, un amigo humano que les intenta modernizar, los piques habituales con los hombres lobo o la amenaza de los cazadores de vampiros. Y todo ello con elementos más serios, narrados de forma cómica pero que en no pocas ocasiones te hacen sentir empatía y pena hacia los personajes: la pérdida de los seres queridos, la camaradería, el desamor o la sensación de vértigo ante los cambios del mundo. Tiene también, por supuesto, algunos puntitos gore, algo común en las comedias basadas en el terror, pero te ríes tanto que cualquier persona puede disfrutarla sin miedo a pasar un mal rato.

Me parece que la historia combina perfectamente la comedia con el mito vampírico, algo difícil de lograr y que, justamente por eso, merece la pena disfrutarse.

Anuncios