Pues se acabó el curso.

Bueno, se acabó el curso para la University of Washington en Cádiz, que como tienen las clases concentradas, concluyen sus clases al finalizar el mes de mayo. Y con el fin de curso me despido de mis estudiantes, a los que muy probable ya no volveré a ver nunca más, no solo porque la vida sigue solamente para los estudiantes (los profesores vivimos un eterno retorno), sino porque en su caso va a seguir a un océano y un continente de distancia.

Ya sé que desde tiempos de Platón, y posiblemente desde mucho antes, es toda una tradición quejarse de los estudiantes: que si son torpes, que si son vagos, que si no saben pensar, que si no les interesa nada… Y sí, claro, de esos siempre hay. Pero de lo que yo quiero hablar aquí es de los otros estudiantes, de los que realmente sienten interés por lo que estudian, por lo que sienten curiosidad.

Este año he tenido algunos estudiantes que, si bien es cierto que no sacaron las mejores notas del mundo, para mí han sido grandes estudiantes porque tenían las cualidades que te hacen ser bueno en cualquier materia: el deseo de saber el porqué de las cosas y la capacidad de poner en duda toda lo que se creía saber. El saber responder bien todas las preguntas del examen está bien, por supuesto, pero el saber buscar respuesta a las preguntas que irán surgiendo a lo largo de la vida me parece aún mucho mejor.

Y reconozco que me da pena haberles dicho adiós. Se me hace extraño pensar que no me los encontraré mientras tomo café, que no hablaremos sobre las diferencias entre su vida aquí en Cádiz y su vida allá en Seattle, que no discutiremos en los pasillos sobre las últimas noticias en Europa o América. Y sí, el curso que viene habrá otros alumnos, otras conversaciones y otras noticias, pero ya no serán iguales, porque aunque el profesor siempre repite el mismo ciclo, los estudiantes se parecen, pero nunca son iguales.

Así que adiós. Olvidad, si queréis, todo lo que habéis estudiado, pero no olvidéis nunca todo lo que habéis aprendido.

Anuncios